Tras los muros del claustro: Alejandra Fuentes y las vidas invisibles del convento colonial
Académica del Instituto de Historia USS, la Dra. Alejandra Fuentes González investiga los monasterios femeninos del Santiago colonial desde la historia de las emociones. En sus archivos ha descubierto un mundo mucho más complejo de lo que se suele imaginar, donde convivían monjas, niñas en formación, servicio doméstico y mujeres esclavizadas de origen africano, unidas por relaciones de trabajo, afecto y subordinación, a menudo al margen del relato histórico.
María José Marconi J., Vicerrectoría de Investigación y Doctorados USS.
Al pie del cerro Santa Lucía, donde hoy se encuentran la Biblioteca Nacional y el Archivo Nacional, se alzó durante más de dos siglos el Monasterio Antiguo de Santa Clara, uno de los conventos femeninos más grandes del Chile colonial. Sus dependencias ocupaban toda la manzana entre la Alameda y las calles Mac Iver (antes calle Las Claras), Moneda y Miraflores. Pero lejos de ser el espacio silencioso y sosegado que sugiere el estereotipo, al interior de sus muros bullía un microcosmos.
En sus tiempos de mayor actividad, el convento llegó a albergar entre 300 y 400 personas: monjas de distintas jerarquías, novicias, niñas que recibían educación formal, mujeres adultas que buscaban refugio, junto con un nutrido servicio doméstico. Los obispos iban y venían en visitas de inspección; los gobernadores llevaban regalos; las fiestas religiosas congregaban a buena parte de la ciudad.
Es un mundo muy activo de vida social; como mirar la sociedad de Santiago de la época a través de un lente, pero desde un espacio conventual y femenino”, dice la Dra. Alejandra Fuentes González, académica y secretaria de estudios del Doctorado en Historia de la Universidad San Sebastián.
Doctora en Historia, Magíster en Historia y Gestión del Patrimonio Cultural (Universidad de los Andes), y Licenciada en Historia (P. Universidad Católica de Valparaíso), la Dra. Fuentes lleva más de una década reconstruyendo el mundo conventual colonial a partir de archivos conservados del propio monasterio: visitas pastorales que documentan todo lo que el obispo observaba (y lo que reprobaba), registros de ingreso de cada religiosa con el detalle de sus padres, sus bienes y lo que pagaban de dote, cartas entre monjas y autoridades eclesiásticas, y sobre todo los libros de cuentas, minuciosos registros de cada compra, gasto o transacción. “Son documentos que te permiten ver la vida cotidiana”, explica. “Qué es lo que compran, qué entra, qué sale. Y es ahí donde aparecen las personas que trabajan para ellas: indígenas, mestizos, mujeres esclavizadas de origen africano”.
Enfocándose en quienes sostenían la rutina diaria de estas comunidades, desarrolló su tesis doctoral, publicada en 2025 por Ediciones UC con el título “Monasterio Antiguo de Santa Clara. Un micromundo femenino de trabajo y contemplación”: el primer resultado de una búsqueda que le fue mostrando un retablo muy distinto a la imagen que comúnmente se asocia a los conventos.
Las celdas del siglo XVIII, cuenta la académica, no eran habitaciones diminutas con una almohada de piedra, sino amplios departamentos con cocina, horno, enfermería, huerto, jardín y cuartos separados para la propietaria, sus protegidas y su servicio doméstico. Las monjas podían leer, escribir, administrar bienes, hacer teatro. Las clarisas antiguas fueron célebres por su cerámica perfumada y policromada, una tradición artesanal que la Dra. Fuentes investigó junto a Isabel Cruz de Amenábar y Alexandrine de la Taille en el libro “Cerámica perfumada de las monjas clarisas” (Ediciones UC, 2019). También elaboraban repostería, textiles y remedios medicinales propios.
Es un espacio de agencia femenina que era bien distinto a lo que pasaba en la sociedad en general”, señala. En un contexto donde el matrimonio solía restringir las posibilidades de las mujeres, la clausura podía, paradójicamente, ampliarlas. Dinámicas similares se documentan en los grandes conventos de México y Lima, donde podían vivir hasta mil personas.
Los otros habitantes del claustro
Pero el hallazgo que más ha marcado su investigación tiene que ver con las personas de origen africano que vivieron dentro de estos conventos, una presencia persistente y documentada que la historiografía chilena en general ha pasado por alto. Las fuentes del Monasterio de Santa Clara registran a lo largo de los siglos XVII y XVIII la compra de personas esclavizadas con las dotes de las novicias, herencias familiares o donaciones de devotos.
Había un servicio doméstico esclavizado de tipo comunitario, compuesto sobre todo por hombres, que trabajaban en carpintería, albañilería o en las tierras agrícolas del convento, y que vinculaban al claustro con la economía de la ciudad. Y uno personal, conformado por mujeres que vivían dentro de la celda de una monja específica, la atendían a toda hora, le cocinaban, le lavaban, la acompañaban en la soledad de la clausura y la cuidaban cuando enfermaba. Muchas entraban siendo niñas y pasaban toda su vida al servicio de una misma religiosa.
Que esa historia haya permanecido en los márgenes del relato sobre el Chile colonial tiene que ver con una noción extendida de que la esclavitud había sido un fenómeno menor y que el país era racialmente homogéneo. “Son prejuicios que perduran”, comenta la Dra. Fuentes. “Vienen desde la independencia y tienen que ver con la identidad, con esta idea de que ya no había más esclavos, que éramos todos blancos”. Los archivos conventuales contradicen ese sesgo: no registran casos aislados, sino una presencia sostenida de personas de origen africano en instituciones que estaban en el centro de la vida social de Santiago.
El aporte más distintivo de su trabajo, más allá de documentar esa presencia, son las preguntas que les hace a los documentos. “A mí lo que me interesa es lo íntimo, lo micro”, dice. “Siempre me ha atraído más lo cotidiano que los grandes problemas de la historia”. De ahí su cercanía con la historia de las emociones, un enfoque historiográfico que parte de una premisa aparentemente simple: lo que las personas sienten está moldeado por la época, el entorno y las relaciones de poder en que viven. “Uno no puede saber exactamente lo que sentía la persona, pero sí rastrearlo a través de las huellas, de las palabras, de lo que se dice, de lo que no se dice”.
En las cartas de libertad que las monjas otorgaban a sus esclavas, por ejemplo, aparecen una y otra vez expresiones como “por amor y fidelidad”, “por el mucho amor y voluntad” o “por los buenos servicios que le debo”, palabras que sugieren afecto genuino, cultivado durante décadas de convivencia en un espacio cerrado. Pero al mismo tiempo, esas cartas imponían condiciones muy distantes de una libertad real, ya que la mujer debía seguir sirviendo a la monja hasta su muerte, no podía irse del convento, o debía esperar años antes de que el cambio de condición se hiciera efectivo. Alejandra Fuentes propone una imagen que condensa esa ambigüedad: los muros físicos del convento se convertían también en “muros emocionales” que impedían a las mujeres liberadas salir realmente de la clausura.
El caso de Juana Manuela Jauregui ilustra esa tensión. En 1757, esta mujer esclavizada demandó a su nuevo propietario ante la Real Audiencia de Santiago para poder regresar al Monasterio de Santa Clara, donde había sido criada desde niña por una monja que le profesaba, según los documentos, “mui particular amor” (sic). Juana Manuela declaró ante el tribunal que prefería la reclusión del convento a las miserias de la esclavitud fuera de él. Aunque es una historia individual, permite atisbar las relaciones de afecto y cuidado que se forjaban dentro de la celda, entre una monja y la mujer que la servía, enmarcadas en el sistema de dominación que las hacía posibles.
Un vínculo que sobrevivió a los siglos
Ese tipo de vínculos no terminó con la colonia. En un artículo reciente, la Dra. Fuentes estudia lo que ocurrió cuando en el siglo XIX el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso intentó impulsar la vida comunitaria en los conventos santiaguinos, lo que implicaba, entre otras cosas, separar a las monjas de sus sirvientas personales. Las religiosas se resistieron alegando que necesitaban a sus asistentes para que las cuidaran en caso de achaques o problemas de salud. El argumento les dio resultado, y la reforma no logró desarmar una convivencia que llevaba siglos funcionando.
Actualmente, la académica USS está comenzando un proyecto Fondecyt de Iniciación en el que amplía la mirada hacia otros conventos santiaguinos y al servicio doméstico indígena del siglo XVII. “Siempre trato de estar en estas dos dimensiones: establecer generalidades, pero sin perder de vista lo que pasa en cada lugar”, dice. Es un trabajo minucioso que avanza documento a documento, recuperando la dimensión humana de épocas y procesos que solemos pensar en abstracto, pero que remiten a dinámicas tan tangibles y persistentes como el afecto y el poder, el cuidado y la dependencia.