Ciclo “Encuentros Doctorados USS” abordó los límites del uso de IA en la formación doctoral
La segunda sesión del ciclo de charlas organizadas por la Dirección de Doctorados exploró el uso de inteligencia artificial en el trabajo académico y los dilemas que implica para quienes hoy cursan un doctorado. José Antonio Errázuriz, académico del Doctorado en Filosofía, planteó que cada estudiante tiene la obligación intelectual de definir por y para sí mismo los límites en el uso de estas herramientas.
María José Marconi J., Vicerrectoría de Investigación y Doctorados USS.
La Dirección de Doctorados de la Universidad San Sebastián dedicó la segunda sesión de su ciclo mensual de encuentros al uso de inteligencia artificial en el quehacer académico, desde la perspectiva de la formación doctoral. La actividad se transmitió desde el campus Ciudad Universitaria de Santiago, reuniendo a estudiantes, graduados y académicos de los distintos programas y sedes regionales.
La charla estuvo a cargo de José Antonio Errázuriz, académico del Instituto de Filosofía y del Doctorado en Filosofía USS, cuya investigación aborda la filosofía de las tecnologías digitales y la relación entre la IA y la conducción racional de la acción. Su presentación planteó una pregunta de fondo: ¿hasta dónde delegar el pensamiento?
Como punto de partida, propuso imaginar aprendices que dedican años a dominar el arte de esculpir, hasta presentar su propia obra maestra. En ese mundo irrumpen impresoras 3D capaces de esculpir cualquier material y, más tarde, de escanear un objeto y generar el diseño por sí solas. Saber poco o carecer de habilidad deja de ser un problema, porque los resultados de un aprendiz pueden ser indistinguibles de un trabajo artesanal. La pregunta que abre la analogía es, entonces, qué usos del aparato resultan aceptables, y en qué medida son compatibles con la formación del escultor.
Esas son las interrogantes que hoy enfrenta la academia ante la masificación de la inteligencia artificial generativa y agencial. Una reflexión similar planteaba Immanuel Kant respecto a la comodidad intelectual de dejar que otros piensen por uno, una posibilidad que la IA ha puesto al alcance de todos. El Dr. Errázuriz matizó la idea: hay delegaciones del pensamiento que son legítimas, pero solo hasta cierto umbral, más allá del cual está el sedentarismo intelectual.
El viaje y el destino
El punto es especialmente delicado para quien cursa un doctorado hoy, señaló, porque hasta el 2023 (año en que comienzan a masificarse los LLM) la soledad intelectual era la condición de base de esa experiencia: “estabas forzado a ser intelectualmente tu mejor amigo y tu peor crítico”. La IA, en cambio, puede hacer las veces de tutor, crítico y hasta de coautor. El Dr. Errázuriz reconoció que en su formación doctoral la habría usado sin dudarlo, porque “le habría ahorrado digresiones estériles y esos momentos en que un doctorando siente que se ahoga en un vaso de agua, pero también le habría evitado las asperezas del proceso intelectual”. Y ahí, subrayó, reside el peligro: esas asperezas “no son el obstáculo del camino. En buena medida son el camino”.
En este punto surge la tesis central de la presentación. No hay, sostuvo, una “bala de plata” que indique el uso adecuado; por eso cada estudiante “tiene la obligación intelectual de definir para sí mismo qué entenderá por uso parcial de la inteligencia artificial en su propio proyecto doctoral, no como una norma impuesta desde afuera, sino como una regla explícita que cada uno se da a sí mismo y que procura respetar libremente”. Lo único que nunca debería ocurrir, agregó, es que ese uso sea irreflexivo.
Como medida de orientación, propuso partir por una pregunta previa: por qué se decidió hacer un doctorado, y seguir con un inventario honesto de las habilidades que ya se dominan y de las que faltan por desarrollar. Los usos de la IA que conviene evitar son, justamente, los que tocan esas habilidades pendientes. Lo aconsejable, dijo, es emplearla como un asistente con un número acotado de tareas, más excepcional que cotidiano. No se trata de satanizarla, aclaró, sino de cuidar el proceso, no solo el producto, ahora que sus resultados pueden ser indistinguibles de los de un investigador junior. Como es un autocontrol que nadie fiscalizará, preservar el valor de esa formación queda en manos de cada quien.
La directora de Doctorados USS, Dra. Carolina Gatica, retomó la idea señalando que el proceso formativo, marcado por la perseverancia, resiliencia y capacidad de reflexión, es lo que vuelve a cada persona difícilmente reemplazable, dando pie a una extensa ronda de preguntas con intervenciones desde Santiago, Valdivia y Concepción. La discusión abordó, entre otros temas, la posibilidad de devolverle peso a la defensa oral frente al manuscrito, y el modo en que el dilema cambia de una disciplina a otra, con la programación como caso extremo.
La participación de estudiantes y académicos de distintas sedes y programas reflejó el propósito de este ciclo: abrir espacios de conversación transversal sobre los desafíos comunes de la formación doctoral. Los encuentros continuarán durante los próximos meses.
