14 octubre, 2026

Comprender para prevenir: Constanza Silva sigue la huella del vapeo en Chile

Académica de la Facultad de Psicología de la Universidad San Sebastián, la Dra. Constanza Silva Gallardo estudia el consumo de nicotina y cannabis, con especial atención al vapeo. Su investigación integra entrevistas, encuestas y análisis de laboratorio para describir un hábito que suele comenzar en el círculo cercano, se afianza con el diseño y los sabores de los dispositivos y avanza en medio de la confusión sobre sus riesgos y de una regulación poco conocida.

 

María José Marconi J., Vicerrectoría de Investigación y Doctorados USS.

Comprender para prevenir: Constanza Silva sigue la huella del vapeo en Chile

Cuando Constanza Silva empezó a entrevistar a personas que vapean en Santiago, le llamó la atención cómo habían llegado a su primer dispositivo. “Nos dimos cuenta de que nadie iba a comprar un vaporizador. A todos les llegaba primero a través de alguien”, relata la académica de la USS. A unos se lo había prestado un amigo y a otros se lo había regalado un familiar, un gesto revelador, porque quien le regala un vapeador a alguien que fuma suele hacerlo convencido de que le hará menos daño que el cigarro.

Las encuestas nacionales han medido, sobre todo, cuánta gente vapea. El proyecto Fondecyt de Iniciación que la investigadora lidera desde 2024 indaga en lo que esas cifras no muestran, como el inicio del consumo o el conocimiento de los usuarios sobre los riesgos asociados. Para eso combina entrevistas en profundidad, una encuesta y análisis de laboratorio de los líquidos que se vapean.

Lo cuantitativo te puede dar un panorama alarmante de cuánto están consumiendo, pero cuando quieres llegar a lo más granular, en términos de prevención, necesitas entender por qué lo están haciendo, con quién y en qué contexto”, explica.

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Constanza Silva llegó a la Facultad de Psicología de la USS en 2025. Es antropóloga física de la Universidad de Chile, una especialidad centrada en cómo la cultura y el comportamiento inciden en la biología de las poblaciones humanas, y en su tesis de pregrado relacionó variantes genéticas del metabolismo del alcohol con su consumo en estudiantes universitarios.

Se doctoró en Penn State University (Estados Unidos) en Salud Bioconductual, una disciplina que estudia cómo interactúan la biología, el comportamiento y el entorno en la salud. Allí investigó en modelos animales cómo la exposición a la nicotina durante el desarrollo puede alterar el cerebro y predisponer a un mayor consumo de alcohol. Pensando en el regreso a Chile, fue desplazando su investigación hacia seres humanos, justo cuando el vapeo se expandía entre los jóvenes estadounidenses.

Al final, da lo mismo cómo se entregue la nicotina. Los vapeadores también estaban generando dependencia y efectos en el neurodesarrollo de los adolescentes”, dice.

En su posdoctorado, también en Penn State, analizó factores de riesgo del uso de cigarrillos electrónicos en miles de jóvenes británicos nacidos alrededor del año 2000 y seguidos desde la infancia. A fines de 2022 volvió al país con la idea de estudiar el vapeo. “Chile suele ir un poco desfasado respecto de Estados Unidos. Pasó con los cigarros, y yo intuía que probablemente venía lo mismo con los vapeadores”, recuerda. Por eso, cuando en agosto la Encuesta Mundial de Tabaco en Jóvenes mostró que uno de cada tres escolares chilenos de entre 13 y 15 años había probado un vapeador, la cifra no la sorprendió.

Nicotina sin culpa

Las entrevistas, realizadas entre 2024 y 2025 con adultos de la Región Metropolitana, mostraron que el vapeador atrae menos por la nicotina que por su comodidad. Se usa en cualquier parte y no deja olor, lo que evita la vergüenza de bajar a fumar antes de una reunión y volver oliendo a tabaco. “El dispositivo surgió como una forma de consumir nicotina sin esa culpa”, resume.

Los más jóvenes valoran, además, los colores y los sabores dulces (justamente la estrategia de la industria para atraerlos) y la practicidad de los desechables: “Lo cargas a la corriente, tienes 10.000 puffs, vapeas y después simplemente lo botas”, describe.

En un artículo publicado en 2025 en BMC Public Health, el primer estudio cualitativo sobre el vapeo en adultos en Chile, el equipo mostró que muchos lo viven como un juego, una práctica social antes que como una herramienta para dejar de fumar, aunque dudan de que sea inofensivo. Un segundo artículo, publicado en julio en Substance Abuse Treatment, Prevention, and Policy, siguió el recorrido desde el primer contacto hasta el uso cotidiano. Varios entrevistados describieron señales de dependencia y estrategias propias para contenerla, como guardar el vapeador por la noche en un cajón apartado para no despertar y vapear.

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Lo que hay dentro

La pregunta de si vapear es mejor o peor que fumar no tiene, para la Dra. Silva, una respuesta única. La industria buscó distanciarse del cigarro, y la ausencia de olor y humo llevó a muchos a suponer que el vapeador es menos dañino (algo que, aclara, no se sabe con certeza); otros lo consideran igual de perjudicial. “Viven en una especie de liminalidad, porque ven noticias que dicen que es terrible, que causa hongos en el pulmón, y después ven otras que dicen que no es tan malo como el cigarro”, explica.

Esa confusión también tiene que ver con los propios productos, porque el cigarro siempre funciona por combustión, mientras que los vapeadores son muy distintos entre sí: usan sales de nicotina o nicotina en base libre, calientan el líquido a diferentes temperaturas y se compran en todo tipo de lugares, desde la feria hasta tiendas especializadas. Los usuarios, además, hablan de porcentajes de nicotina sin saber a cuántos gramos de tabaco equivalen.

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Lo que todos podemos acordar es que en adolescentes o en personas todavía en desarrollo es malo, porque cualquier exposición a la nicotina afecta el neurodesarrollo”, advierte. En fumadores empedernidos que buscan abandonar el cigarro, en cambio, puede ayudar si un profesional supervisa el proceso.

Junto al Centro de Genómica, Ecología y Medio Ambiente de la Universidad Mayor, el proyecto analiza si los líquidos que circulan en Chile contienen hongos o bacterias, como se ha observado en algunas marcas de otros países. El equipo partió con cultivos, una aproximación “rústica”. “Compramos el vapeador más barato que encontramos y no creció nada”, cuenta. Que nada crezca, sin embargo, no descarta la presencia de microorganismos, así que ahora intenta amplificar su ADN, un trabajo más fino y lento.

El cannabis también forma parte de su investigación, y este año fue nombrada editora asociada del Journal of Cannabis Research (Springer Nature), la única integrante de su comité editorial con afiliación en Chile. Su equipo ha entrevistado a usuarios que vaporizan cannabis, experiencia que la llevó a participar en un estudio publicado en el International Journal of Drug Policy, donde ayudó a definir qué formatos de consumo podían compararse. Con datos de tres encuestas nacionales del SENDA, el trabajo encontró que siete de cada diez personas que vaporizaban cannabis cumplían criterios de trastorno por consumo (un uso problemático que puede ir de leve a severo), frente a tres de cada diez personas que solo lo fumaban.

Detrás de esa diferencia estarían, según los autores, los patrones de consumo que cada formato facilita y la cantidad de THC, el principal compuesto psicoactivo de la planta, que en los aceites concentrados puede alcanzar el 85% y en la flor seca ronda el 20%. En un mercado ilegal, además, nadie controla cuánto contiene cada producto.

Prevenir con razones

Chile dio un primer paso para regular los vapeadores con la Ley 21.642, vigente desde mayo de 2025, que los equiparó a los productos de tabaco. Desde entonces está prohibido venderlos a menores de 18 años o a menos de cien metros de un colegio, y usarlos donde no se puede fumar. Pero entre los entrevistados casi nadie sabía que la ley existía. “Y si la gente no la conoce, no sirve de nada”, advierte la investigadora. Vapear en un bar sigue siendo normalizado y en redes sociales se venden dispositivos sin que nadie pregunte la edad del comprador. A su juicio, falta fiscalizar lo que se importa, a veces por parte de particulares que revenden productos de origen desconocido.

La normativa agregó advertencias sanitarias en los envases y un tope a la concentración de nicotina que la académica considera alto en comparación con el británico, porque a mayor concentración, mayor dependencia. La Dra. Silva mira con interés el modelo del Reino Unido, más orientado a la reducción de daños, en el que cada producto debe ser notificado a la autoridad sanitaria y cumplir los límites establecidos antes de salir a la venta. No es partidaria de prohibir, pues eso empuja el consumo hacia mercados ilegales donde no hay control alguno.

Ya está pasando, la gente lo está consumiendo. Entonces, asegurémonos de que los productos tengan características seguras y de que las personas estén informadas y sepan por qué”.

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Estar informado implica saber algo que muchos ignoran: que la nicotina es adictiva. “Durante mucho tiempo, dejar de fumar se trató como un tema moral y de voluntad, como una falla de la persona, cuando la nicotina genera dependencia y adicción, igual que el alcohol o la cocaína”, explica. Cuanto antes se empieza, mayor es el riesgo de dependencia, algo que los más jóvenes rara vez tienen presente. “Creen que lo espantoso es la combustión, que el vapeador no tiene, pero la nicotina es la que finalmente es un problema”.

Por eso insiste en una prevención que dé razones, sobre todo para los adolescentes, a quienes los daños a largo plazo les convencen poco. “Si a un escolar le dices que le va a dar cáncer a los 70, probablemente no le importe”. Propone hablar de efectos más cercanos, incluido uno que surgió en las entrevistas: a varios jóvenes les preocupaba que su vapeo afectara a sus hermanos menores. Le gustaría preparar, junto al Ministerio de Salud, un informe de fácil lectura para distribuirlo en colegios y llevar charlas a los estudiantes.

Espera integrarse a mesas de trabajo que reúnan a médicos, investigadores y usuarios, porque cree que lo interdisciplinario también debe estar presente en la elaboración de las políticas públicas. Mientras tanto, el BREATH Lab, el laboratorio que dirige en la USS, difunde sus resultados en redes sociales para ampliar su alcance. “Al final, uno lo hace para que le llegue a la gente que efectivamente está en riesgo o que ya consume. Si no se socializa, pierde sentido”.